lunes, 24 de septiembre de 2012

 

“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.” Jeremías 29:11 (NIV)

Lectura:

Poco después de que entregué mi vida a Cristo, empecé a lidiar con cosas dolorosas de mi pasado que me hacían dudar las promesas de Dios para mi futuro. Me preguntaba: Si Dios me ama, ¿por qué ha permitido tanto dolor en mi vida?

Si él me amaba, ¿por qué Dios permitió que mi familia se rompiera por culpa del adulterio y un divorcio, que se destrozara entre la confusión y el caos, que se sacudiera por las adicciones a las drogas, al alcohol y mucho más? ¿Y por qué no impidió el dolor que todo eso me trajo, o por qué no me alejó de la oscuridad de la depresión?

Una tarde encontré valor para contarle a mi amiga Wanda mis dudas y preguntas. Me sorprendió que ella no me diera una respuesta condescendiente, sino que me miró mostrándome con sus ojos que entendía, y me dijo que lo sentía. Luego me contó su historia, la cual incluía muchas decepciones y desengaños. Aún así, no sentí duda o dolor en sus palabras. En lugar de eso, sentí confianza y esperanza. 

Al pasar las páginas de su Biblia hasta el capítulo 29 de Jeremías, Wanda me leyó el versículo clave de hoy como una promesa para mí: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.”
 
Ella entonces me dijo que Dios quería sanar el dolor de mi pasado y usar mis experiencias para pavimentar el camino de sus planes para mi futuro. Pero yo no quería que Dios usara mi dolor o mi pasado. ¿Cómo podría todo eso hacer algo bueno para alguien, y en especial para mí?

¿Alguna vez te has sentido así por tu dolor o tu pasado? ¿Alguna vez te has preguntado: “Si Dios me ama, ¿entonces por qué…?”

Este es el tipo de preguntas que pueden persistir en nuestros corazones cuando hemos sido heridas y decepcionadas. Las heridas que no han sido sanadas pueden generar sentimientos de amargura y cautiverio.

Pero en la seguridad de una relación con Jesús, Dios nos invita a hacer preguntas difíciles y buscar respuestas que nos conduzcan a la profundidad de su amor redentor y su poder sanador.

¿Puedo susurrar algo de esperanza a tu corazón hoy? Si estás viva y respirando, tu propósito aún no se ha realizado. No importa lo que hayas hecho o lo que te hayan hecho a ti, Dios tiene un plan para tu vida.

Entonces, ¿cómo puedes descubrir esos planes? Leamos la premisa que sigue a la promesa en Jeremías 29. Después de que Dios declara que él conoce los planes que tiene para nosotros, dice: “Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo los escucharé. Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón.” (Versículos 12-13)
Nosotras encontramos los planes de Dios cuando nos entregamos a él cada día. Es un proceso paso a paso que implica ir hacia él, hablarle, creer que él escucha y dejarlo amarnos y llevarnos a un lugar de esperanza y sanidad.

El amor de Dios no es una solución rápida a nuestras heridas, pero tiene el poder para redimirnos y devolvernos una esperanza confiada. Cuando permitimos que el Espíritu Santo caiga sobre nosotras como agua de vida sobre nuestro dolor, él puede sanar nuestros corazones desde adentro.

Mientras procesemos el dolor de nuestros ayeres y vivamos entre las decepciones de hoy, las dudas pueden irse acercando sigilosamente, amenazando con robarse nuestra esperanza. Pero cada vez que eso pase, nosotras podemos detenernos y buscar a Dios en ese lugar. Le podemos pedir que nos muestre su propósito revelando la verdad sobre quiénes somos y por lo que hemos pasado que nos ha hecho empezar a dudar.

Entonces le podemos pedir que nos ayude a redefinir nuestro futuro, no solo mediante el filtro de nuestro pasado y nuestro dolor, sino mediante el poder de su verdad que da vida. ¿Sabe qué pasa cuando hacemos eso paso a paso, día a día, duda tras duda? Dios nos dice en Jeremías 29:14: “Me dejaré encontrar —afirma el Señor—, y los haré volver del cautiverio.”
Nosotras lo encontramos una y otra vez. Encontramos al Único que desea guiarnos fuera del cautiverio de nuestras dudas hacia un lugar de libertad y esperanza. Yo sé que esto es cierto porque he pasado por ahí, he peleado con él, me he resistido y finalmente me he rendido a él.
El amor de Dios no solo es infalible, también redime y restablece. ¡Su verdad llega hasta el fondo de nuestras batallas dando propósito a nuestro dolor, redención por nuestro pasado y esperanza para nuestro futuro!

Señor, sana mi dolor y dame esperanza mientras aprendo a confiar en los planes que tú tienes para mí. Hoy voy hacia ti y te busco con todo mi corazón. Por favor, libérame de mis dudas y guíame a un lugar de esperanza confiada. En el nombre de Jesús, amén.

Reflexiona y responde:
“Si estás viva y respirando, tu propósito aún no se ha realizado. No importa lo que hayas hecho o lo que te hayan hecho a ti, Dios tiene un plan para tu vida.”

¿El dolor de tu pasado hace que sea difícil creer en las promesas y los planes de Dios para tu futuro?

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Versículo poderoso:
Salmo 71:5, “Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud.” (NIV)

© 2012 de Renee Swope. Todos los derechos están reservados.




Gracias por su ayuda en la traducción de este devocional.
Wendy Bello, editora                                                                                                                               Judith Hernández                                                                                                                               Ana Stine                                                                                                                                     Natasha Curtis                                                                                                                   Waleska Nickerson                                                                                                                         Veronica Young                                                                                                                                    Karina Córdova                                                                                                                                 Cony Villareal

domingo, 16 de septiembre de 2012

 
“Ella se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, y al instante cesó su hemorragia.” Lucas 8:44 (NVI)

Lectura:

Tener tres hijos pequeños en apenas cinco años me dejó más o menos exhausta. No había nada parecido a una rutina, no importaba lo mucho que tratara de implementarla. Justo cuando pensaba que ya tenía un problema resuelto, aparecía otro.

Los libros de ayuda para padres eran algo útiles, pero no resolvían cómo manejar tres niños, con tres personalidades únicas, al mismo tiempo. Lo que funcionaba para uno no funcionaba para otro. Yo estaba desesperada y sintiendo como que me ahogaba.

Mi esposo y yo nos apuntamos en una clase para padres en la iglesia y recibimos un vistazo de esperanza. Solo queríamos una clase, pero no había nadie que encabezara un ministerio para padres. Nuestro equipo de pastoral ya estaba abrumado con responsabilidades. Aún cuando sus corazones querían ofrecer más, su tiempo estaba limitado. Así que cuando uno de los pastores nos pidió ayuda con el ministerio para padres nosotros estábamos tan desesperados que dijimos “sí”.

Al empezar este rol de líderes descubrimos que la mayoría de la gente se negaba a ayudar diciendo que no se sentían calificados. “Tampoco nosotros”, respondíamos. Pero nosotros estábamos dispuestos a intentar lo que fuera para conseguir apoyo, incluso si eso implicaba revelar a los demás que no éramos padres perfectos.

Durante los pocos años que lideramos el ministerio para padres tuvimos que salirnos de nuestra zona de comodidad y arriesgar mucho para poder obtener ayuda. Pero funcionó. Al compartir nuestros problemas con otros padres, recibimos sabios consejos y sugerencias prácticas que marcaron una gran diferencia.

Hace miles de años hubo otra mujer que estaba lo bastante desesperada como para pedir ayuda. Ella había tenido hemorragias durante 12 años y nadie podía ayudarla. Pero cuando Jesús visitó su vecindario ella estaba lista para intentarlo todo. Me imagino que estaba avergonzada y debilitada por su hemorragia. Debe haber reunido cada onza de energía y valor para llegar a Jesús.

La Biblia nos dice que había multitudes siguiendo a Jesús ese día. Aún así, esta decidida mujer navegó entre las masas para tocar el manto de Jesús, y la Biblia nos dice que fue curada inmediatamente.

A pesar de que toda esa gente se estaba aventando hacia Jesús, él supo que alguien lo había alcanzado para tocarlo. Al detenerse, la gente tropezó entre sí y se voltearon para determinar lo que había pasado. Con una voz suave, Jesús preguntó: “¿Quién me tocó?”

Después de que todos negaron que hubiesen sido ellos, la mujer se acercó temblando hacia él. Ella le contó a Jesús, y a la multitud congregada, por qué había tocado a Jesús y cómo él la había curado. Jesús entonces le dijo a la mujer: “Hija, tu fe te ha sanado. Ve en paz.”

La desesperación ocasiona que la gente haga cosas distintas. Algunas personas toman decisiones erróneas creyendo que están entre la espada y la pared. Algunas personas se esconden, esperando que su problema desaparezca.

Pero hay otras personas lo bastante desesperadas que hacen algo arriesgado y lleno de humildad para pedir ayuda. A veces Dios usa otras personas para ayudarnos, y a veces él es el único que tiene las respuestas.

En los tiempos difíciles que enfrentamos, muchos tenemos problemas que nos empujan al borde de la desesperación. Oro para que en lugar de que la desesperación te venza, ésta te motive para buscar ayuda. Independientemente de que Dios mismo sea quien te libere, o de que Él use a alguien más, confía en que Él ya tiene un plan para ayudarte.

Amado Dios, solo tú sabes la desesperación que siento en este momento. Solo tú ves los problemas que me aplastan. Yo confieso que no tengo la fortaleza o la sabiduría para encontrar una respuesta. Sin embargo, confío en que tú ya planeas cómo liberarme. Confío en que conoces cuándo es el tiempo oportuno. Por favor, muéstrame qué hacer y dirígeme a la fuente de ayuda. En el nombre de Jesús, ámén.

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Reflexiona y responde:                                                                                                        Identifica un problema en tu vida que parezca abrumador. Comprométete a contarle a una persona sobre este problema esta semana y pídele que ore por ti.
Ora el Salmo 142:6 cuando te sientas desesperada.

 Versículos poderosos:
Salmo 142:6, “Atiende a mi clamor, porque me siento muy débil; líbrame de mis perseguidores, porque son más fuertes que yo.” (NVI)

Salmo 27:14, “Por eso me armo de valor, y me digo a mí mismo: «Pon tu confianza en Dios. ¡Sí, pon tu confianza en Él!»” (TLA)

© 2012 de Glynnis Whitwer. Todos los derechos están reservados.  

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