sábado, 30 de noviembre de 2013


Van Walton


“Enséñenselas a sus hijos y repítanselas cuando estén en su casa y cuando anden por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten.”  Deuteronomio 11:19 (NVI)

Lectura:

Recientemente yo hice una fuerte declaración. Mi amiga respondió. “¡Wow, realmente que eres apasionada!”

“¿No te sientes apasionada por ciertos temas?” Le pregunté.

Nuestra conversación inmediatamente comenzó a cambiar su rumbo, mientras conversábamos acerca de nuestras pasiones.

Hace pocos años, yo tuve que pagar el precio de mi pasión. Y me di cuenta no solamente del beneficio de continuar con mi entusiasmo, sino que también encontré una bendición en medio de la tormenta. 

Yo tengo una gran pasión por los niños, especialmente por su salvación. Yo crecí en un país rodeada por el abandono del tercer mundo. Vivir allí también me ofreció el lujo de tener contacto directo con misioneros.  Una combinación de embajadores de Dios, mas la pobreza financiera y espiritual me recordaban diariamente de la necesidad de Jesús en la humanidad.

Estoy segura que los misioneros que me animaban a visitar las comunidades remotas de las selvas de Sudamérica nunca se dieron cuenta del impacto en la vida de la pequeña niña americana. Sin duda, Dios los usó para plantar una semilla de cristianismo en mi corazón, llamándome a sembrar la semilla del amor de Dios.  

Cuando nacieron mis hijos, yo los comprometí a Dios. Yo le dije a Dios, “No estoy segura de que puedo ser una buena madre. No me gusta cocinar y no soy muy buena ama de casa. Pero yo te amo y yo sé que mis hijos estarían eternamente perdidos sin ti. Ayúdame a prepararlos para el día que se presenten delante de tu trono y den cuenta de sus vidas. Mi gran deseo para ellos es que puedan pasar toda la eternidad contigo.”

Años más tarde la tragedia nos golpeó.  Recibí la llamada a la que todos los padres le tienen temor. Mi hijo, estudiante en la universidad, había  sido admitido en la sala de emergencia. Yo me mudé al hospital y me convertí en su compañera de cuarto, no el sueño para un joven universitario. Durante nuestra primera semana como compañeros él tuvo uno de muchos roces con la muerte.

En la oscuridad de la noche Aaron admitió que había luchado con Dios sobre su vida  pero finalmente se dio cuenta, “¿Por qué no querría ir yo a un mejor lugar? Después de todo, el cielo es donde vive Dios” Y me dijo que no me preocupara por él, por que iría al cielo si se muriera.

Esas palabras llegaron como un gran consuelo que solo viene de la perfecta paz de Dios. La muerte tenía agarrado a mi hijo, pero Aaron ya estaba tranquilo en los brazos de mi Padre, Dios.  El mensaje del evangelio que había oído desde pequeño, nunca fue tan real para Aaron o para mí como en ese momento.

Nada de lo que le enseñamos a nuestros hijos importa si no los dirige a la gracia salvadora de Jesús.  Finalmente, Dios no llamó a Aaron a su hogar durante esa enfermedad. Yo estoy de acuerdo con Juan quien escribió: “No tengo yo mayor gozo que oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Juan 1:4 NIV). De eso yo estoy apasionada.

Padre, todos los niños merecen escuchar acerca de Tu amor. Yo oro por los niños del mundo para que tengan un adulto en el camino de Dios que tome el tiempo de presentarte a ti.  Gracias por enviar a Jesús a la tierra a enseñarnos el camino hacia Ti. En el Nombre de Jesús. Amen

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Reflexionar y responder:
Has un compromiso de pasar más tiempo diariamente guiando a tus hijos hacia Cristo.

¿Cuando le leo a mi hijo, incluyo historias de la Biblia?

Versículo poderoso:
Juan14:6, “ ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’ —le contestó Jesús—. ‘Nadie llega al Padre sino por mí.’ ” (NVI)

Marcos 10:14, “Jesús dijo, «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan!”


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